Tatuaje y piercing ¿La decadencia de la metáfora paterna? "Todos tenemos una marca"*

Breve reseña histórica:

El tatuaje y el piercing se han encontrado en pueblos de Asia, en los Incas y otras culturas indias. Tanto el tatuaje como el piercing estuvieron vinculados con el pensamiento mágico-religioso. También era usado para impresionar y asustar a los enemigos en los campos de batalla.
Los griegos acostumbraban tatuarse serpientes, toros y motivos religiosos. Los romanos utilizaron esta técnica para marcar a los prisioneros. El cristianismo desterró estas técnicas por considerarlas sinónimo de idolatría y superstición. Durante la edad media y los viajes de ultramar aparece la piratería, los tatuajes y la joyería corporal, provocando la difusión de estas costumbres incluso en el nuevo continente. Luego en las guerras mundiales, ambos métodos representaron una señal de pertenencia entre los soldados.
El tatuaje egipcio estaba más relacionado con el lado erótico, emocional y sensual de la vida. Era realizado generalmente por mujeres tatuadoras, proceso muy doloroso que se utilizaba para mostrar valentía o “confirmar madurez”.
Esta es la misma forma que todavía se puede observar en tribus de Nueva Zelanda, es nuestra hipótesis que en la actualidad, además de tener contenidos de cosmética corporal también tienen sentido como ritual de salida de la endogamia a la exogamia, pues en general tanto los tatoo como los piercing, tienen un momento, generalmente se realizan en edades entre los 15, 18 y 21 años, edades que según Freud se produce la metamorfosis de la pubertad, los cambios corporales inauguran modificaciones psíquicas.
Al igual que las postulaciones de Tótem y Tabú, una vez muerto el padre se erige un “Tótem” y se forman los clanes cuya marca “tatuaje” presentan la salida a la exogamia con todas sus leyes y prohibiciones. Esta meta-morfosis es precisamente el pasaje de las figuras primarias incestuosas de amor a figuras exogámicas, más adelante desarrollaremos esta idea.
Volvamos a la historia Borneo, Bali y Java son similares a los de Polinesia: los hombres se tatuaban y realizaban piercing a temprana edad y eran formas de ornamentación. También en las islas británicas los guerreros celtas tatuaban sus caras y cuerpos para prepararse para guerrear y espantar a los enemigos, logrando también sus nombres vinculados a los tatuajes.
Otro mundo el oriental pero no es otra historia: el tatuaje japonés clásico usa héroes legendarios y motivos religiosos también pero se combinan con decoraciones florales, paisajes, animales simbólicos como dragones y tigres, los dibujos no eran pequeños sino que cubrían espaldas y pechos para ocultar las marcas de castigo pues en un primer momento se tatuaba a aquellos que habían cometido crímenes o estaban asociados a la mafia yakuza, este tipo de tatuaje aparece en el 500 D.C. y en los finales del siglo XVIII.
Era común que los amantes llevaran cada uno la mitad de un tatuaje que al juntarse formarían uno solo (irebokuro), también formalizaban su relación delante de los dioses con tatuajes creados en el templo, en la actualidad el tatuaje no es símbolo de marginalidad sino que ha pasado a ser un arte al igual que el piercing.

FASCINACIÓN Y DECLINACIÓN DEL PADRE

Sólo basta con abrir revistas de moda o bien encender la televisión para confrontarnos con la mirada de otro que nos muestra. Es en este juego seductor, que el sujeto desaparece, donde en ese “verse-verse”, su propia imagen, pierde la dimensión real para convertirse en una imagen virtual (de existencia aparente y no real).
¿No es acaso un tiempo de eterna adolescencia?, donde la juventud cobra un valor insuperable por cualquier otra virtud, sea ésta: experiencia, saber, aprendizaje, enseñanza o simplemente palabra. La mirada prevalece sobre esta última: la palabra, confirmando lo que supo decir Merleau Ponty: “…somos seres mirados en el espectáculo del mundo”. El espectáculo del mundo, nos aparece como omnivoyeur.
Lacan decía que el mundo es omnivoyeur pero no exhibicionista, no provoca nuestra mirada. Cuando empieza a provocarla, entonces empieza también la sensación de extrañeza (lo ominoso).
Mundo siniestro, que en ese -verse-verse-, nos confronta con el doble, con otro semejante. Especularidad que no permite la mediatización de la palabra como terceridad, que separa al niño-hombre de su madre.
Mundo cuya propuesta es la envoltura endogámica, sin salida. Bosquejando una figura “a-niñada”, sin diferencia sexual. Promesa de eterna adolescencia, cuyo trazo se pierde encarnándose en el cuerpo.
Un ejemplo de este fenómeno lo muestra el tatuaje y el piercing, es allí, en el cuerpo, que se porta el rasgo unario, marcando en lo real el significante primero. Pero si el primer significante queda marcado en el cuerpo ¿cómo se produce la primera esquizia que hace que el sujeto se constituya como tal? Esta afirmación de Lacan que no se debe confundir con la función del sujeto con la imagen del objeto (a), en tanto que es así como el sujeto se ve, re-doblado. Se ve constituido por la imagen reflejada, momentánea, se imagina hombre solamente de lo que se imagina.
Es uno mismo, valor universal que genera nuevos valores que son el miedo hacia la muerte, el dolor y el envejecimiento. Hacerse un tatuaje o piercing es darle sentido a algo que perdió sentido, en esta última década posmoderna, no hay emociones verdaderas, lo que existe es la inmediatez y el sin-sentido; el tatuaje entonces es una marca indeleble como experiencia duradera.
El tatuaje tendría que ver en la adolescencia con esas marcas de iniciación en tanto salida exogámica pero no tramitado desde el Nombre del Padre.
Si lo que se da es la declinación del Nombre del Padre, ese lugar, hoy, en la posmodernidad, está sustituido por el Mercado y sus leyes que imperan en éste. Perdiendo los seres humanos su subjetividad. Los piercing y tatuajes serían un intento de restituir la subjetividad perdida perteneciendo a una clase: los tatuados, los góticos, los darks, etc., que nos aseguran esa subjetivación, en ese “verse-verse”, logrando la salida de la endogamia a la exogamia.

“TATUADO” síntesis de una película.

En el film aparece el protagonista, un joven adolescente, presenciando una escena donde una madre –actual mujer del padre-, mece a su hermana. Aquí, surge el deseo de encontrar su propia historia con su padre.
Antes de emprender el viaje al pueblo donde es oriunda su madre, desea saber sobre un tatuaje que lleva impreso en un brazo, cuyo recuerdo data de sus tres años. Su madre le hizo ese tatuaje y lo abandonó, dejando la crianza a cargo del padre. Existe un personaje llamado “gaucho”, primo de la madre, que siendo ella niña la auxilia al ser “picada” por una víbora, mientras su padre no escuchaba su llamado pues estaba escuchando por radio un partido de fútbol. Este personaje, el primo-gaucho, es quien define en el final de la película la historia de la madre del joven. Así como ella es marcada por una víbora, ella tatúa a su hijo.
El joven se dirige a la galería “Bond Street” para saber el origen de su tatuaje. Significado que no logra encontrar a pesar de todas las ofertas de los libros de tatuaje y piercing. Luego se fuga del hogar del padre y emprende su viaje junto a su novia. Por un incidente el padre se entera que el hijo está demorado por falta de su documento de identidad. Es así como el padre decide acompañarlo en esta travesía. Lo que no sospechan los protagonistas que en lugar de encontrar a una madre, se reencuentran un padre con un hijo; más allá el estigma de una madre que abandona tempranamente, es el encuentro con la marca de un padre.

PUTUALIZACIONES DE LA PELÍCULA:

En el comienzo de la película, el adolescente al ver el deseo de su padre, confirmado con el nacimiento de su hermana: se fuga. ¿Qué ve el chico? Ve el deseo del padre por una mujer, él queda a-fuera de ese deseo y comete un acting yéndose del seno familiar: malogra una posible salida exogámica. Además se puede pensar que él “es tatuado por la madre en relación a un padre” ya que en la búsqueda de saber sobre ella, en realidad encuentra a un padre.
La picadura de la víbora en la madre está en relación a los gritos que no escuchó su propio padre, es decir, el abuelo del joven, es aquí donde aparece el personaje “gaucho-primo” o bien ¿el guacho del pibe? Es necesario aclarar que es el primo quién auxilia a la madre en esa oportunidad y no su propio padre, quien distraídamente escucha un programa de radio.
Entonces, “ni la mirada ni la voz están ahí”, o la voz está en otro lado, la palabra del padre tiene que ser registrada en lo real del cuerpo para esta madre, que lo tatúa y se va. Es así como el adolescente buscando a la madre encuentra al padre que estuvo todo el tiempo, ahí, en el tatuaje.
La mangosta –el tatuaje- es el animal que puede matar a la víbora, que deja una marca en el cuerpo, allí donde ni la mirada ni la voz de un padre aparece. Constatación que realiza el jovencito cuando ve en “El libro de la selva”, la historia de la mangosta y la víbora.
¿Por qué la madre le hace el tatuaje y se va dejándolo con el padre? No es en todo caso el deseo de una madre que reconoce al padre en ese lugar, dejándolo con él. El guacho, sin padre, es el significante que se pone en juego, por eso es ese personaje quien define la historia cuando en el final de la película relata lo que faltaba en relación a un padre.
La “Bond Street” que es un significante que puede ser equiparado homofónicamente con otro que es “Wall Street”: ¿no estaría en relación con un fenómeno que plantea la vida posmoderna donde la “inexistencia el Otro” torna insistente la búsqueda adolescente por encontrar en los “gadgets” cierta satisfacción?
Los “gadgets” tratan de ciertas figuras con un brillo que en realidad remiten a un vacío, pues allí, no hay nada, y es lo que ofrece todo el tiempo ésta sociedad de consumo: “barbies, cirugías, tatuajes, piercing, artículos maravillosos que prometen una felicidad efímera e inmediata, como las drogas. Ofrecen “eso o ello” ante la ausencia de un padre que siguiendo a Lacan está en franca decadencia.
Ahora bien, el tema es pensar por qué el significante unario tiene que ser encarnado en lo real del cuerpo y no desde el deseo de una madre, que vía significación fálica de lugar al nombre del padre o al padre que porta un nombre.
Tal vez por eso la metáfora paterna, como metáfora y no como metonimia (en tanto estos artículos maravillosos mencionados anteriormente, que se repiten, prometen una felicidad efímera sin límite), esto es: la metáfora hace nudo, articula, ordena no sólo los registros, también la subjetividad humana. Mientras que la metonimia parecería estar más del lado del automaton…sin hacer tope, sin hacer nudo que abroche.
Entonces existen varios puntos a tener en cuenta en la película:

  • La mirada, en tanto se sustrae del sujeto, es decir, la única mirada “salvadora” es la de un guacho, sin padre.

  • La voz que no aparece y sí retorna en lo real del cuerpo, desde la picadura de la víbora que deja una marca, y que luego se encarna en el cuerpo con el tatuaje ante la inexistencia del Otro.

  • La “Bond Street o Wall Street”, que representa a la vida posmoderna, donde lo mercantil es lo que vale, o sea el valor de cambio de un sujeto, es una tarjeta o un papel (acciones, etc.), perdiendo aquello que lo constituye como sujeto, quedando tal vez, en el lugar de un desecho, objeto. Pues los gadgets en tanto descartables, prometen también una identificación imaginaria formando una serie: es la Barbie, el tatuaje, el piercing, las lolas de cirugía, es la droga que promete una satisfacción infinita, es 1,2,3,…a la n; metonimia o goce fálico como el blá, blá, blá…

A modo de conclusión, la posmodernidad, con su inmediatez y su oferta en demasía desde el Mercado, no permite el pasaje de la endogamia a la exogamia, la que se debería producir si operara la metáfora paterna pues la función paterna esta en franca decadencia.

——————————
El artículo fue escrito por la Lic. Beatriz Cardozo y la Lic. Viviana Valenti realizó la Breve Reseña Histórica.
1. Freud, S. “Tótem y Tabú”. Obras Completas. Amorrortu editores.
2. Lacan, J. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Seminario XI. Ediciones Paidós.
3. Película “Tatuado” un film de Eduardo Raspo *
4. Miller, J.A., El Otro que no existe y sus comités de ética, Seminario. Editorial Paidós
5. Este artículo es un escrito del libro “Naturaleza viva” de Beatriz Cardozo, forma parte de la sección: “Posmodernidad – La clínica psicoanalítica – (Tres)”. El artículo fue escrito con la intervención de la Lic. Viviana Valenti, quién realizó la Breve Reseña Histórica.