En el momento que conozco a Hugo en el Hospital Pedro Elizalde, ex Casa Cuna, la profesional que hace la derivación me dice: “es un débil mental ¿quieres atenderlo?”. En aquel entonces, hace muchos años de este episodio, tomo la decisión de atenderlo, tratando de olvidarme del diagnóstico, ya que creí que cualquier etiqueta a-priori iba a obstaculizar mi labor clínica.
EL PRIMER ENCUENTRO
Hugo concurre con su madre al hospital, no me mira ni parece fijar su mirada en ningún lugar preciso, no se queda quieto un segundo; la madre, de condición muy humilde parece preocupada por su hijo, que entonces contaba con sólo cinco años. Acordamos que lo iba a atender una vez por semana, estipulo día y horario y le aclaro a la madre que voy a tener entrevistas con ella. Es necesario, agregar, que a lo largo del breve tratamiento que duró cerca de un año, la señora mostró un responsable interés por traer a su hijo a consulta, ella se presentaba como una mujer muy sufrida, humilde y tal vez limitada en su expresión, pero era notable su deseo de que su niño mejorara. Era y es difícil pensar en una “cura” para estos niños con pronóstico tan serio pues, Hugo tenía cinco años, no hablaba y sólo corría por los pasillos del hospital sin detenerse.
Comienzo del tratamiento
Era difícil trabajar con un niño “hiperkinético”, digo era imposible que prestara atención a cualquier juego al que se lo invitara. Pues estos niños fundamentalmente no tienen un lugar en el Otro, por eso deambulan por todos lados, la diada narcisista con la madre impide su constitución subjetiva.
Reitero: no miraba, sólo deambulaba corriendo, decidí entonces tomarlo de la mano y acompañarlo a los lugares que parecía querer explorar, muchas veces fuera del consultorio. Lo llevaba al baño donde lo levantaba en brazos y nos mirábamos en el espejo; intentaba cierto reconocimiento de sí mismo y de otro semejante que acompañaba (en este caso mi persona).
Juntos, siempre levantado en brazos, mirábamos por la ventana que daba a un patio con árboles y a otros edificios que pertenecían a dicha institución. Recurrí a nombrarle las cosas que veíamos: pájaros, personas, árboles, etc., en un intento de incluir la simbolización a través de la palabra en su mundo tal vez distorsionado.
De a poco comenzamos a jugar a las escondidas, creo que este fue uno de los primeros logros: en el consultorio había un perchero lleno de abrigos de los profesionales y Hugo comenzó a esconderse detrás de ese montículo de ropa y a reaparecer. Desaparecía-aparecía, cada vez que aparecía le decía: “acá está” previo al ¿dónde está Hugo? En el desaparecer.
UN DÍA ESPECIAL
Hugo comenzó a correr por los pasillos y a meterse en otros consultorios, sin querer interrumpimos una sesión de una niña con un colega psiquiatra, Hugo irrumpió en esa escena sin mirar. El colega le tomó el dedo pulgar y se lo apretó, Hugo lo miró a la cara, hecho que se producía por primera vez, detrás observaba la escena, lo tomé de la mano y nos fuimos. A los pocos días la madre me comentó que Hugo había adquirido una costumbre, en la calle le tomaba la mano a la gente, le apretaba el pulgar y los miraba a los ojos. Cabe aclarar que luego del episodio ocurrido con el colega, repetí lo que acababa de observar: le apreté el pulgar a Hugo y me miró.
¿El otro semejante estaba allí, apretando para que un sujeto se despierte y lo mire? ¿O el Otro con mayúscula se presentificaba en un mundo en que el Otro no existía?
Cuando hablo del Otro con mayúscula es necesario decir que me refiero al Otro primordial, que es la madre, quien da las primeras insignias al niño a través del lenguaje para que este se constituya en sujeto. Pero es necesario, también, que conjuntamente exista la presencia de un otro con minúscula, semejante especular.
Como dice Freud en el “Complejo del Semejante” (1) ese otro que posee lo reductible y lo irreductible para el propio sujeto. Es decir, ese otro sosia del For-Da del carretel, con quien el niño se diferencia y puede establecer la distinción entre ausencia y presencia. Digo que en la constitución subjetiva debe operar otro semejante y ese Otro primordial, el juego del For-Da, del carretel lo muestra así: el niño hace activamente desaparecer al carretel (su sosias), es decir, hace lo que él vivió pasivamente: la ausencia de la madre.
Allí en “Más allá del principio de placer” (2) Freud comenta en una nota a pie de página el júbilo del niño cuando ve en el espejo su imagen entera y cómo ésta puede desaparecer.
EN EL FINAL DEL TRATAMIENTO
Hugo comienza a balbucear unos sonidos que estructuran fonemas, algo así como un lenguaje inventado.
En una supervisión con otro colega (3*), de aquel entonces, éste me pregunta: “¿se puede pensar en neologismo”: NO. Dicho lenguaje, eran sonidos que señalaban cosas que el niño deseaba, por ejemplo: para pedir alfajor en el kiosco, decía: “acacati” y así con otros objetos que le interesaban. Por supuesto, la madre traducía este lenguaje que sólo él y ella interpretaban. Es decir, la madre hacía de traductora del deseo del niño.
Pero lo llamativo era que estos sonidos tenían una resonancia guaraní. La madre comentó que en su familia eran de origen paraguayos y que los fines de semana se reunían con sus familiares y sólo hablaban en guaraní.
Concluyendo
Es necesario comentar qué lugar había venido a ocupar Hugo en el deseo de su madre. Durante las entrevistas ella comenta que cuando estaba embarazada del niño, había muerto su padre y que a lo largo del embarazo había tenido que cuidar a su cuñado que era esquizofrénico. ¿Qué espacio hubo entonces para el deseo de esta madre de imaginar a ese niño por venir?
Podría pensarse que el deseo de ese niño quedó atrapado entre el duelo por la muerte de un padre y la locura. Entonces, muerte y locura eran los significantes que lo esperaban en este mundo real, no hubo espacio para el deseo de imaginar y desear tener un hijo por parte de esta madre.
Se podría pensar: ¿Cómo deviene un niño esquizofrénico o más exactamente en este caso, un niño autista? Este relato clínico pertenece a mi quehacer, en el análisis de niños psicóticos y neuróticos, en mis inicios. Hoy la experiencia me dice que las causas de un niño psicótico o neurótico pueden ser múltiples, podemos recurrir a Freud en sus “Series Complementarias” (4).
El trabajo psicoanalítico, especialmente en instituciones puede tornarse muy arduo, pero puede brindarnos elementos articulables con otros de otras disciplinas, por ejemplo la psiquiatría, etc., para trabajar con estos niños de tan complejo pronóstico.
En éste caso clínico en particular, me parece que lo primordial fue no haber partido de un a-priori: “es un débil mental”, noción nosográfica que ya le estaría dando una identidad que no hubiese permitido “escuchar” al psicoanalista o a cualquier otro profesional qué le pasaba a éste niño. Si bien acuerdo con la necesidad de establecer un diagnóstico diferencial considero que el profesional que escucha, sea éste psicólogo, musicoterapeuta, fonoaudiólogo, etc., debe tener una escucha abierta y estar dispuesto a una interrelación en la interconsulta en los casos que sea necesario; Hugo no sólo llega a consulta con la etiqueta “es un débil mental” sino que durante años fue tratado como un niño sordomudo.
Lejos de creer que durante el tratamiento se produjo alguna cura, considero que sí hubo un cambio en su posición subjetiva, pues si un sujeto se constituye en tal, en tanto que antes de su llegada al mundo, existe Otro que lo pre-existe, Otro del lenguaje y que lo esperan significantes que lo condicionarán para que se constituya en sujeto, ya que “un sujeto es representado por un significante para otro significante”.
Dicho de otra manera, un sujeto atravesado por el lenguaje se configura en tal, en tanto también existe el deseo inconsciente de Otro con mayúsculas que lo pre-existe. Y este deseo inconsciente no es sólo de la madre, como Otro primordial, sino también la operación y función que instaura un padre desde su lugar de tercero, interrumpiendo el lazo simbiótico con la madre y aportando un “corte” desde su operación en tanto función del “Nombre del Padre”.
Se podría decir además que la “Metáfora Paterna” lacaniana habla de esto: de la función de un padre en cuanto “Nombre del padre o padre que porta un Nombre”, estableciendo no sólo un corte en la díada narcisista con la madre sino también el reconocimiento por parte de ésta de ese lugar de terceridad, que habla nada más y nada menos que de la configuración edípica (padre-madre-hijo).
Desde el relato clínico que describo creo que no hubo lugar para ese deseo por parte de la madre, sólo hubo lugar para la muerte (de un padre) y la locura.
Digo: ¿la esquizofrenia no habla acaso de esto: muerte y locura? Dos significantes imposibles de significar.
——————————
1. Freud, S., “Complejo del semejante”. Proyecto de psicología para neurólogos (1950 (1895). Obras Completas. Amorrortu Editores.
2. Freud, S., Más allá del principio de placer, III apartado. Obras Completas. Amorrortu Editores.
3. (*) El psicoanalista Alejandro Gabriel Varela.
4. Freud, S., 22° Conferencia, “Algunas perspectivas sobre el desarrollo regresión. Etiología”, Parte III. Doctrina general de las neurosis (1917 (1916-17), Conferencias de introducción al psicoanálisis. Obras Completas. Amorrortu Editores.